Si vis progressio, para scientia


La ciencia es sinónimo de progreso. “Los científicos han cambiado nuestra forma de vida más drásticamente que las estrellas de televisión, los hombres de Estado y los generales”, señalaba Max F. Perutz, premio Nobel de química, en su libro titulado ‘¿Es necesaria la Ciencia?’1

Huelga insistir (o debería al menos) en la importancia de la ciencia para el desarrollo, el progreso y el bienestar. Me atrevería a afirmar que son pocas las personas que en cualquier conversación cotidiana no reconocerían dicha importancia. Al menos así cabe pensar a la vista de los resultados de las encuestas sobre percepción social de la ciencia, en las que ésta y quienes se dedican a ella reciben valoraciones muy positivas. Por ejemplo, según la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 20162 realizada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), las profesiones relacionadas con la ciencia y la tecnología son las segundas mejor valoradas en España (4,2 en una escala de 1 a 5) sólo por detrás de la medicina. Por su parte, los empresarios y directivos encuestados con motivo de la Encuesta sobre Cultura Científica, Percepción y Actitudes ante la Ciencia y la Innovación en el sector empresarial español 2016 asocian la ciencia fundamentalmente con progreso (4,4 sobre 5) utilidad (4,4) y desarrollo económico (4,2). Un 79% considera que los científicos deberían desempeñar un papel más importante en las empresas y un 84% que la empresa que invierte en I+D se sitúa en una posición de ventaja competitiva.

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Pero los datos acostumbran a mostrarse contradictorios en cuanto tienen ocasión. Según la encuesta de FECYT, los temas de ciencia y tecnología concitan un interés medio de 3,12 (en una escala donde 1 es “muy poco interesado” y 5 “muy interesado), por detrás de los temas de medicina y salud (3,82), educación (3,79), alimentación y consumo (3,61), cine, arte y cultura (3,40) y medio ambiente y ecología (3,35); y sólo ligeramente por delante de los deportes (2,95). Únicamente un 16,3% de las personas encuestadas mencionaron la ciencia y la tecnología entre los temas informativos por los que tienen interés y casi uno de cada tres (29,6%) afirmó sentir poco o muy poco interés por estos temas.

Finalmente, la ciudadanía reclama sanidad, educación, empleo, pensiones y vivienda (lo cual es muy loable, por supuesto). En respuesta a la pregunta de FECYT sobre los cuatro sectores en los que aumentarían el gasto público, éstos fueron los cinco citados con mayor frecuencia, con la ciencia y tecnología en sexto lugar. Pero raramente exigimos o nos manifestamos en apoyo de la ciencia. Desde hace algunos años se celebran en las calles de un gran número de ciudades a lo largo del mundo las conocidas como ‘Marchas por la Ciencia‘. En España, las cifras de asistentes que apoyan las que se han dado en llamar ‘Mareas Rojas’ son tan reducidas que los medios de comunicación los estiman en centenares de personas o, en algunos casos, ni siquiera se molestan en dar datos en sus crónicas. En cualquier caso, distan mucho de ser manifestaciones no ya multitudinarias, sino simplemente concurridas.

La cultura científica es fundamental para que sea la ciudadanía quien reclame activamente que se apoye la ciencia. Como señalaba recientemente Mariano Barbacid “el mensaje fundamental es que los países más ricos no son los que más invierten en ciencia y en investigación, sino que los que invirtieron en ciencia e investigación son ahora los más ricos”. Es decir, que los países que tuvieron la visión de ser más ricos tomaron la decisión estratégica de invertir en ciencia e investigación para cumplir con ese objetivo.

Esto, que pudiera no pasar de ser una mera opinión, queda refrendado por los datos. De entre los muchos estudios disponibles, me permito traer a colación el recientemente publicado por investigadores de la University of Debrecen (Hungría) y el University College of London (Reino Unido)3, que muestra cómo la crisis global financiera y económica que comenzó en 2008 ha perturbado la evolución de la políticas de investigación e innovación en Europa, principalmente en los países del sur (como España, Grecia y Portugal), que han entrado en una profunda recesión de graves consecuencias en sus sistemas de investigación e innovación. Mientras que en los países del Noroeste y Centro-Este de Europa el foco en las políticas de investigación e innovación se ha mantenido, en los países del sur éstas han perdido financiación y relevancia.

La crisis ha producido asimismo un descenso del PIB en los países del sur de Europa, que los autores de este estudio, basándose en datos de Eurostat, cifran en un promedio del 1,4% entre 2008 y 2015. Mientras tanto, en el mismo período los países del Centro-Este y del Noroeste habrían crecido un 0,8% y un 0,6%, respectivamente.

Los mismos datos de Eurostat reflejan que entre 2007 y 2012 España sufrió una reducción del gasto bruto en I+D del 3,5% en el sector privado y del 5,1% en el sector público. Cifras que contrastan con el crecimiento de algunos de los países que el European Innovation Scoreboard considera como ‘líderes en innovación’, tales como Alemania (25,5% y 37,4%) Dinamarca (23,8% y 41,5%), pero también con el de países como Portugal (15,0% y 13,6%).

La enseñanza es que si quieres progreso debes invertir en ciencia. Este es un mensaje que, lamentablemente, no ha calado entre la clase política y el empresariado españoles. Por eso es tan importante que lo hagan suyo los ciudadanos, para que desde la ciudadanía se reclame y se exija una apuesta decidida por la ciencia.

En contra del aforismo ‘si vis pacem, para bellum’, soy más partidario de ‘si vis pacem, para pax’. Y en la misma línea, ‘si vis progressio, para scientia’.

Si quieres progreso, apuesta por la ciencia. Exige ciencia, reclama ciencia.

Jesús Rey


Referencias:

  1. Max F. Perutz. ¿Es necesaria la ciencia? Madrid: Espasa-Calpe
  2. VIII Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología (2016), realizada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT)
  3. Izsak K. and Radošević S. (2017) EU research and innovation policies as factors of convergence or divergence after the crisis. Science and Public Policy, 44 (2): 274-283.

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