06/06/2016

Antecedentes y contexto


 Introducción

En los últimos años el campo de los estudios de la percepción social de la ciencia y la tecnología ha experimentado importantes cambios que explican la pertinencia del planteamiento de este estudio. Por una parte, dentro del ámbito académico cabe señalar la irrupción de un nuevo paradigma con algunos elementos de continuidad y otros de ruptura con el modelo fundacional del déficit cognitivo y la influencia en la elección de nuevos segmentos de población analizados. Por otro, en el plano institucional, tanto las políticas de ciencia y tecnología como las estrategias de innovación han estado influidas por la crisis de los modelos lineales, poniéndose actualmente el acento en la interacción entre agentes del sistema de I+D para lograr los objetivos marcados.

La cooperación público-privado constituye uno de los ejes fundamentales de estas interacciones. Sin embargo, pese a la relevancia, en este nuevo modelo, del sector empresarial, son pocas las investigaciones empíricas que lo interpelan directamente, como argumentaremos a continuación. De modo que el campo de los estudios de percepción presenta un importante nicho en cuanto a investigaciones sobre este nuevo actor. Por otra parte, la mayoría de enfoques que se han interesado por la empresa y su incursión en la ciencia han sido de tipo economicista y ahistórico, por lo que normalmente adolecen de variables sociológicas y contextuales, tanto temporales como de localización, con las que poder dar cuenta de las relaciones existentes entre ambas esferas.

Percepción social de la ciencia: un cambio de paradigma, dos escuelas y algunas omisiones

Pese a que el ámbito de los estudios de percepción de la ciencia aún adolece de conocimiento empírico y formulaciones teóricas suficientemente consensuadas, podemos hablar de dos representaciones hegemónicas de este concepto. En un primer momento, los principales autores que en los años 70 llevaron a cabo el análisis de la percepción social de la ciencia lo hicieron basándose mayoritariamente en una dimensión cognitiva (Miller, 1983; Bodmer, 1985; Thomas y Durant, 1987; Durant et al., 1989). La principal hipótesis de partida fue la relación positiva y lineal entre nivel de conocimiento, actitudes ante la ciencia y legitimación social de la política científica.

Sin embargo, la aparición de datos empíricos que no corroboraban esta primera hipótesis (Bauer et al., 1994; Luján y Atienza, 1997; Peters Peters, 2003; Torres, 2005) y una reformulación teórica más compleja acerca de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad (Latour, 1983; Quintanilla, 1989; Jasanoff et al., 1995; Jasanoff, 2004; Echeverría, 1998) dieron lugar a la aparición de una dimensión contextual en los estudios sobre percepción de la ciencia (Wynne, 1991; Einsiedel, 2000; Eizaguirre, 2009). Esta nueva representación de la naturaleza de la percepción social de la ciencia, basada en la articulación de la ciencia normativa en la vida cotidiana y su apropiación subjetiva por parte de los sujetos, señalaba nuevos elementos con capacidad para explicar la actitud de la población ante la ciencia que desbordaban el paradigma del déficit cognitivo: valores, experiencias, creencias, confianza institucional y, más adelante, la noción de riesgo (Beck, 2006). De este modo, el abanico de áreas temáticas se amplió, junto con el número y complejidad de variables dependientes que intervenían en la explicación de las diferentes percepciones sobre ciencia y tecnología.

La mera adquisición de un corpus de conocimientos objetivos no es causa suficiente para que se produzca una actitud favorable hacia la ciencia.

La nueva hipótesis, por tanto, sería que la mera adquisición de un corpus de conocimientos objetivos no es causa suficiente para que se produzca una actitud favorable hacia la ciencia, sino que en esta relación intervendrían una serie de variables subjetivas estrechamente relacionadas con el contexto social desde el que los sujetos se pronuncian sobre este tema. Así, se introducen nuevos temas –procesos de comunicación, percepción del riesgo, democratización de la ciencia, percepción basada en la confianza y en la propia experiencia en lugar de en el conocimiento objetivo – y nuevas características poblacionales a tener en cuenta –edad, género, territorio, inclusión digital–.

No obstante, algunos autores (Einsiedel, 2000; Sturgis y Allum, 2004) han señalado la importancia de no tomar ambos paradigmas como modelos explicativos contrapuestos, sino más bien como una evolución teórica que ha dejado a su paso puntos en común a partir de los cuales se podrían formular propuestas que articulen dichas formas de representar el concepto de percepción social de la ciencia. Así, Sturgis y Allum (2004), colaboradores en el diseño y aplicación de los Eurobarómetros de Ciencia y Tecnología (CE, 2005a, 2005b, 2007, 2010b), señalan que los factores culturales y económicos, los valores políticos y sociales, la confianza, la percepción del riesgo y las visiones subjetivas del mundo influyen de manera importante en las actitudes hacia la ciencia. Sin embargo, apuntan, no hay razón para inferir de ello que el conocimiento científico no genere su propio efecto independiente de manera adicional.

A partir de dicho planteamiento estos autores intentan hacer una reinterpretación de la variable ‘conocimiento’ sustituyéndola por la de conocimiento ‘contextual’ o ‘mediado’ (‘contextual knowledge’). De este modo es posible reformular la hipótesis de partida y eludir la dicotomía cognitivo/contextual: las variables independientes que proponen los contextualistas influirían en el conocimiento del sujeto, convirtiéndolo en ‘conocimiento mediado’ y abandonando su antigua condición de conocimiento objetivo y neutral. No se trataría, por tanto, de reemplazar unas variables por otras, sino de conseguir mejorar el modelo explicativo teniendo en cuenta que las variables contextuales intervienen también en los procesos cognitivos y que éstos no se pueden analizar sin tener en cuenta los aspectos subjetivos y sociales desde donde se producen.

Estas transformaciones en el paradigma teórico también han supuesto cambios a la hora de concretar metodológicamente los estudios de percepción así como en la atención prestada a nuevos grupos poblacionales. Dentro del ámbito de medición de variables cabe destacar el comienzo de las críticas a los cuestionarios como único instrumento de investigación y la reivindicación –poco llevada a la práctica- de técnicas cualitativas capaces de dar cuenta de la complejidad señalada por el enfoque contextualista de las relaciones entre ciencia y sociedad. Además, se proponen nuevas dimensiones que completan la tríada tradicional de interés, conocimiento y actitudes heredada de los estudios de la National Science Foundation (NSF).

Habría tantas percepciones de la ciencia como circunstancias en las que se produzca algún tipo de encuentro de cierto grupo en particular con ella.

Así, la participación ciudadana y los procesos de apropiación de la ciencia se han introducido poco a poco como variables en las encuestas más representativas de ámbito internacional como pueden ser los citados Eurobarómetros de Ciencia y Tecnología. Además, se proponen nuevas dimensiones que completan la tríada tradicional de interés, conocimiento y actitudes heredada de los estudios de la NSF. Por su parte, la inclusión de nuevas variables sociodemográficas y contextuales ha dado lugar al tratamiento específico de determinados colectivos –mujeres, jóvenes- en base a la afirmación de que habría tantas percepciones de la ciencia como circunstancias en las que se produzca algún tipo de encuentro de cierto grupo en particular con ella (Einsiedel, 2000).

Sin embargo, pese a esta mirada a nuevos colectivos, llama la atención la escasez de estudios que analicen de forma específica un agente que tiene, como ya hemos visto, cada vez mayor relevancia en los sistemas de I+D: el sector empresarial.

Estrategia de Innovación

¿Por qué el sector empresarial y por qué desde el enfoque de la percepción social de la ciencia?

La Comisión Europea apuntaba ya en su ‘Green Paper on Innovation’ (CE, 1995) que una de las mayores debilidades de la Unión Europea en materia de I+D+i residía en la llamada ‘paradoja europea’, consistente en una supuesta inferioridad a la hora de transformar los resultados de la investigación tecnológica en innovaciones capaces de generar ventajas competitivas, con el consiguiente freno al potencial desarrollo económico que este tipo de alianzas pueden generar (Leydesdorff et al., 2002).

Sin embargo, a día de hoy únicamente disponemos de datos descriptivos que confirman la persistencia de este desencuentro entre sistema de investigación público y sector empresarial (CE, 2006; Cotec, 2014 e informes anteriores). Sigue existiendo, por tanto, un importante nicho en cuanto a las explicaciones teóricas surgidas a partir del análisis de datos empíricos que tengan en cuenta variables sociológicas y contextuales propias tanto del entramado productivo como del sistema de I+D+i en el que se producen estas relaciones. Una de las consecuencias más notables que genera este déficit es la escasez de propuestas prácticas destinadas a solventar la falta de cooperación público-privada a través de planes y políticas públicas a largo plazo.

No es que no hayan existido y existan políticas en este sentido. Se trata más bien de que los casos de éxito no se han generalizado, a la vez que los intentos por generalizarlos no han sido tan factibles como  cabría esperar. Tras más de medio siglo de relaciones empresa-academia-comunidad (el llamado ‘Knowledge Triangle’) seguimos sin tener una buena explicación y trabajos acerca de los fallos de compresión de los objetivos y maneras a la hora de cooperar en hacer ciencia de unos y otros agentes. Así fue señalado en la última edición del propio Manual de Frascati (OCDE, 2002) en el que se reconoce explícitamente que es necesaria más información sobre esta tendencia:

La cooperación en I+D+i es un área que no está tradicionalmente cubierta en las encuestas“.

Ahora bien, sería muy deseable que los que toman las decisiones políticas dispusieran de más información sobre este tema. La experiencia con las encuestas de innovación ha mostrado que es posible preguntar a diferentes tipos de unidades, en diferentes regiones geográficas, una simple pregunta sobre cooperación. Esto podría probarse también en cuestionarios de I+D+i, de modo que en el futuro sea posible dar recomendaciones explícitas” (OCDE, 2002:22).

El escaso abordaje que se ha producido sobre este objeto de estudio se ha hecho mayoritariamente desde distintas escuelas económicas que han arrojado luz acerca de las posibles barreras percibidas por parte de la empresa hacia las colaboraciones estratégicas en I+D con universidades, organismos públicos de investigación y los ciudadanos. Así, entre los impedimentos para este acercamiento se han señalado cuestiones como:

  • El tamaño empresarial (Bayona et al., 2002)
  • La organización interna (Dierdonck et al., 1990; Liyanage y Mitchell, 1994)
  • Los estímulos financieros y legislativos (Cotec, 2004)
  • La distribución espacial (D´Este y Iammarino, 2010)
  • La primacía de sectores de baja intensidad tecnológica (Bayona et al., 2001).

No obstante, existen perspectivas aún poco exploradas que proponen tener en cuenta otro tipo de factores que exceden la lógica puramente económica y tomar como punto de referencia a la empresa en lugar del colectivo académico (De Vicente y Oliva et al., 2010). De este modo, en el análisis de la cooperación público-privado en materia de I+D+i se han introducido aspectos como las diferencias culturales (Mora Valentín, 1999; Owen-Smith y Powell, 2004), la influencia del marco normativo reflejado en las políticas públicas de I+D+i (Fernández-Esquinas y Ramos, 2011; Sanz et al., 2005), los principales agentes en la toma de decisión de las mismas, el peso de la tradición histórica de las instituciones académicas y empresariales de cada región (Sanz et al., 2003), el sistema institucional de incentivos y recompensas (Mora Valentín, 1999), el tamaño de los grupos (Schartinger et al., 2001) o los problemas de comunicación entre organismos de investigación y empresas (López-Martínez, 1994).

Buena parte de todas estas dimensiones está recogida en los estudios de los sistemas regionales de innovación, paradigma que nació estrechamente asociado a un sistema particularmente bien desarrollado como el del País Vasco – sobre este concepto y su desarrollo, véase Navarro (2009). Algunos de los padrinos de ese concepto se inspiraron particularmente en el caso vasco (Cooke y Morgan, 1998) -. Para esta región, existe una abundante literatura sobre iniciativas de colaboración público-privada como las asociaciones-clúster (que agrupan a empresas, centros de investigación y las administraciones) y las relaciones entre empresas y centros tecnológicos -sobre las asociaciones-clúster y la política clúster en el País Vasco, véase Aranguren et al. (2012) y las referencias en la bibliografía de S. López y J.M. Valdaliso

La economía evolutiva también se ha preocupado por la gran complejidad de la interacción entre la ciencia, el I+D+i, la empresa y la sociedad. Freeman (1987) introdujo el pensamiento vebleniano en el análisis de los procesos de cambio tecnológico, que deberían ser estudiados junto con las instituciones, las empresas, el sistema educativo, la política científico-técnica y el entorno social en el que se producen y por el que están determinados, es decir en el marco de lo que denominan “Sistemas Nacionales de Innovación” (Freeman et al., 1982; Pérez, 2004). El objeto de estudio de la economía evolutiva se ha extendido a la empresa, como unidad de análisis, que, en vez de ser considerada a la manera ortodoxa, sólo como una función de producción o como una “ficción legal” para establecer relaciones contractuales entre los individuos, se entiende y estudia como centro de acumulación de capacidades y conocimientos (entre ellos los científicos y tecnológicos) que dependen de rutinas organizativas y de la propia trayectoria e historia de la empresa, capaz de aprender o adaptarse al entorno socio-cultural en el que se encuentra (López y Valdaliso, 1997, 2000).

Dentro de la sociología, uno de los enfoques teóricos más novedoso acerca de la transferencia de conocimiento es el que propone la teoría de la Triple Hélice (Etzkowitz y Leydesdorff, 2000; Etzkowitz, 2003) que analiza la innovación como un fenómeno generado por la intersección de tres esferas –universidad, industria y gobierno–, cuya diferenciación funcional, junto con la confluencia de intereses propios de cada ámbito, acentúan su interdependencia (Geisler, 1995) y les hace más proclives a la colaboración (Montoro Sánchez y Mora Valentín, 2006). Este enfoque en el ámbito de la economía está ligado al concepto de ‘Knowledge Triangle’, un concepto básico para entender los clústeres industriales y las llamadas ‘soft industrial policies’, esto es, políticas en las que no se trata de conceder subsidios o incentivos específicos a sectores y/o empresas, sino de promover una atmósfera de cooperación entre las empresas y el resto de los agentes socioeconómicos con el objetivo de crear una atmósfera innovadora.

Esta nueva visión propone, por una parte, un modelo de generación de conocimiento más fluido y disperso que el tradicional y por otra, que las universidades se conviertan en un actor más dentro de un escenario compartido en el que aparecen superposiciones e interdependencias de todo tipo para la producción de conocimiento (Gibbons et al., 1994). No obstante, la combinación del avance en la difusión del conocimiento provechoso económicamente y la institucionalización de unas normas nuevas de la profesión científica plantea nuevos desafíos (Owen-Smith, 2003) tanto para los propios centros de investigación como para el tejido productivo y la sociedad circundante. Sin embargo, uno de los principales inconvenientes de este enfoque es que, mientras que dos de las partes –gobierno y academia– de esta relación triádica han ido ganando terreno en los estudios sobre transferencia de conocimiento y las barreras que caracterizan la cooperación público-privado, el punto de vista de la empresa ha sido escasamente retratado en este tipo de análisis.

Son pocas las investigaciones empíricas que interpelan directamente a la otra parte de la relación: la empresa.

Así, mientras que por parte de la universidad los estudios realizados hasta el momento han arrojado luz acerca de la importancia factores sociales y psicológicos, además de institucionales, son pocas las investigaciones empíricas que interpelan directamente a la otra parte de la relación: la empresa (Lee, 2000). ¿Qué percepción tiene la empresa de las relaciones que se dan en el triángulo del conocimiento?

Además de este tipo de problemas ligados a la escasa representación del punto de vista del sector empresarial en los estudios sociales de ciencia y tecnología y de una interpretación por parte de las escuelas económicas que, salvo excepciones, ha descuidado los factores contextuales y sociológicos en los procesos de toma de decisiones sobre I+D, cabe destacar del lado metodológico que la mayor parte de las investigaciones empíricas sobre cooperación se sustentan en datos tales como patentes, licencias y spin-offs académicas dejando a un lado toda una dimensión de conocimiento tácito indispensable para el desarrollo de innovaciones (Fernández-Esquinas, 2010). Sólo en los análisis sobre los clústeres industriales se hace ese esfuerzo explicativo, ya que uno de los objetivos es conocer las relaciones entre los agentes y los conocimientos (capital intangible) que portan los agentes y las instituciones a la hora de relacionarse.

En definitiva, son precisamente los límites aquí señalados de los enfoques economicistas –desconsideración de variables contextuales e históricas, racionalización excesiva de los procesos de transferencia de conocimiento – los que ponen de manifiesto la necesidad de estudiar el vínculo ciencia-empresa como relación social. Sin embargo, los estudios de percepción de la ciencia, capaces como ya hemos visto más arriba de solucionar dicha carencia, han descuidado de manera sistemática el tratamiento de este actor. Es por ello que en este proyecto se plantea la necesidad de complementar los datos aportados por los estudios económicos con un análisis de la percepción del sector privado que arroje luz sobre aquellas dimensiones sociales de este vínculo que no llegan a cubrir otro tipo de enfoques.

En este proyecto se plantea la necesidad de complementar los datos aportados por los estudios económicos con un análisis de la percepción del sector privado que arroje luz sobre aquellas dimensiones sociales de este vínculo que no llegan a cubrir otro tipo de enfoques.

La única aproximación con datos empíricos realizada hasta el momento en España es la que llevó a cabo el grupo de investigación del investigador principal de la presente propuesta, con los datos de la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología (López-Navarro, Garzón-García y Rey-Rocha, 2011). Para analizar la percepción de la ciencia y la tecnología en el sector privado, se aisló del total de la muestra un subgrupo compuesto por empresarios y trabajadores autónomos, en los que pudimos advertir actitudes y expectativas diferentes a las del resto de la población en cuestiones relativas a la confianza institucional (en concreto hacia los OPIs) y la gestión de riesgos que supone la ciencia y la tecnología.

A pesar de que el estudio contó con serias limitaciones derivadas de un diseño de cuestionario previsto para medir la percepción de la ciencia en la sociedad de forma genérica, los resultados obtenidos aportaron algunas claves para comenzar a entender la distancia entre el sector privado y las instituciones encargadas de la generación de conocimiento científico. Con el presente proyecto se pretende afianzar la línea de investigación abierta con esta primera incursión así como diseñar un instrumento de medida ad-hoc fácilmente replicable en otros contextos nacionales.


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